(...)
La identificación del sexo
constituye uno de los principales interrogantes cuando se estudian restos
óseos, tanto en la investigación arqueológica como en la práctica forense.
Si se realiza una
inspección detallada de los huesos, se puede establecer el sexo con una
fiabilidad cercana al 100%, si se dispone de esqueletos completos y en buen
estado de conservación. Los resultados son menos satisfactorios cuando se
trabaja con restos óseos aislados, aunque se ha estimado que se puede sexar
correctamente el 98% de los casos cuando se conserva únicamente la pelvis, el
92% atendiendo solo a las características del cráneo —ya que ambas zonas
anatómicas reflejan mayores diferencias entre los grupos masculino y femenino—,
y el 80% si únicamente se dispone de huesos largos (Krogman e Işcan, 1986).
Cuando se estudia material
óseo procedente de excavaciones arqueológicas o restos aislados, es frecuente
que las condiciones de conservación sean deficientes, por lo que no se pueden
observar los rasgos de diferenciación sexual más característicos. Este problema
es aún mayor en casos forenses en los que, en muchas ocasiones, la
identificación del sexo se tiene que realizar a partir de unos pocos huesos o
fragmentos de ellos. Por este motivo, es necesaria la utilización de criterios
alternativos que se basen en regiones anatómicas más perdurables (Alemán 1997).

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